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El hesicasmo y el yoga cristiano.

Icono de la Iglesia Copta de Alejandría


La espiritualidad y la mística occidentales han desarrollado a lo largo de los siglos sus propias elaboraciones filosóficas -en el sentido de ofrecer sus propias visiones sobre la Realidad Última- y sus propias prácticas destinadas a indagar en esa misma Realidad -si es que indagar en ella es posible de alguna manera-.

Entre estas corrientes filosóficas y espirituales encontramos el llamado hesicasmo, una doctrina y práctica ascética propia del monacato cristiano oriental que persigue, a través de la quietud, el silencio y la paz interior (tal como indica el mismo término griego hesykhía), la unión mística con Dios.

Quien la posee se encuentra equilibrado, vive en paz y a la vez, calla y guarda silencio. Recuerda a la actitud que Platón afirma corresponde al auténtico filósofo: que se mantiene tranquilo y se ocupa de lo que le pertenece. Y también se ajusta a las palabras del Libro de los Proverbios: el hombre sensato sabe callar ; o al estilo del  solitario de quien dice el profeta Baruq: Es bueno esperar en silencio la salvación del Señor.

En el Nuevo Testamento el mismo Cristo dice a sus discípulos: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os daré descanso. Aceptad mi yugo y haceos mis discípulos, ya que soy bueno y humilde de corazón, y encontraréis reposo (hesiquía) para vuestras almas pues mi yugo es suave y mi carga ligera.(Mt.11, 28-29).

 Ammonas, sucesor de S.Antonio en Egipto habla de cómo la hesiquía es el camino propio del monje y escribe una carta mostrando que es el fundamento de todas las virtudes. Fueron los anacoretas los primeros en llamarse hesicastas. Si la virtud de los cenobitas (monjes que viven en comunidad) es la obediencia, la de los hesicastas (anacoretas o solitarios) es la oración perpetua. La búsqueda de la hesiquía es tan antigua como la vida monástica.

En el siglo VI, S.Juan Clímaco, abad del monasterio del Sinaí y autor de la Escala del Paraíso, unió la hesiquía y el Recuerdo de Jesús. La hesiquía es la adoración perpetua en presencia de Dios: Que el recuerdo de Jesús se una a tu respiración y pronto te darás cuenta de la utilidad de la hesiquía. La oración ideal es la que elimina los raciocinios y se convierte en una sola palabra.

La Memoria de Jesús provee a este tipo de oración de forma y contenido. La unión del recuerdo de Jesús y la respiración será reemprendida por Hesiquio de Batos que ya la llama Oración de Jesús: Si con sinceridad quieres ahuyentar los pensamientos, vivir en quietud, sin dificultad, y ejercer la vigilancia sobre tu corazón debes adherir la Oración de Jesús a tu respiración y pronto lo conseguirás. La unión de respiración y Oración de Jesús  en su fórmula desarrollada: Señor Jesús, Hijo de Dios vivo, ten piedad de mí, pecador, constituirá el fundamento del hesicasmo bizantino y de Monte Athos en el siglo XIV.

«Cuando reces, inspira al mismo tiempo, y que tu pensamiento, dirigiéndose al interior de ti mismo, fije su meditación y su visión en el lugar del corazón de donde brotan las lágrimas. Que tu atención permanezca ahí, en la medida en que puedas. Te será de una gran ayuda. Esta invocación de Jesús  libera al espíritu de su cautividad, otorga la paz y ayuda a descubrir la oración permanente del corazón por la gracia del Espíritu vivificante en Jesucristo Nuestro Señor».

Los orígenes del hesicasmo se sitúan en el siglo IV d. C., con los llamados “Padres del Desierto” (monjes que en el siglo IV abandonaron las ciudades para retirarse a las soledades de los desiertos de Siria y Egipto en una búsqueda personal y solitaria de Dios). La tradición continuó en el mundo oriental durante la Edad Media y fue impulsada en el Imperio Bizantino por el místico y teólogo de inspiración neoplatónica Gregorio Palamás durante siglo XIV, momento en que tuvo por uno de sus principales centros los establecimientos religiosos del Monte Athos, en Grecia. Fue en ese mismo siglo cuando las prácticas del hesicasmo, consideradas por sus detractores como una forma de quietismo, fueron atacadas por algunos de los teólogos bizantinos. Desde esa órbita griega, el hesicasmo se difundió después por el ámbito eslavo, llegando hasta Rusia.

Hesicasmo, hesiquiasmo o, más raramente, esicasmo (del griego hēsykhía, “quietud, silencio, paz interior”) doctrina y práctica  ascética difundida entre lo monjes cristianos orientales a partir del siglo IV, con los llamados Padres del Desierto.

El objetivo del hesicasmo es la búsqueda de la paz interior en unión mística con  Dios y en armonía con la creación. Las tres características fundamentales del hesiquiasmo son: la soledad, como medio de huir del mundo; el silencio, para obtener la revelación del futuro y del mundo ultraterreno; y la quietud, para conseguir el control de los pensamientos, la ausencia de preocupaciones y la sobriedad.

Con alguna razón se ha calificado al hesicasmo como una práctica que mantiene semejanzas con el Oriente, es más, muy probablemente hayan existido influjos provenientes de la India; aunque algunos sostienen que la influencia pudo ser a la inversa; la parte central de la doctrina se basa en una re-unión con la deidad y para esto se da un conjunto de prácticas fisiológicas y psicológicas; por ejemplo mantener la inmovilidad física y psíquica (para esto lo más común era mirarse fijamente el propio ombligo) mientras se recita incesantemente la llamada “plegaria a Jesús” o “plegaria del corazón”.

Soledad, silencio y quietud son, por tanto, características del hesicasmo y buscan, entre otras cosas, controlar los pensamientos, evitar las preocupaciones y conseguir la  unión con la Realidad Última, con la Deidad. Es por ello, y por comprender en la consecución de estos objetivos, una serie de ejercicios psico-físicos, por lo que el hesicasmo ha llegado a ser comparado con el yoga que encontramos en Oriente. Y es que, por ejemplo, una de estas prácticas de los hesicastas consiste en conseguir la inmovilidad de cuerpo y mente mediante la fijación de la mirada en el propio ombligo mientras se recita de manera incesante una frase siguiendo el ritmo relajado de la respiración. La frase en cuestión que se repite se conoce con el nombre de Plegaria a Jesús o Plegaria del corazón, y dice: “Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí que soy pecador”.

Las doctrinas hesicastas se recopilaron de forma tardía, ya en el siglo XVIII, en la obra Filocalia, donde se recogen textos de diferentes autores pertenecientes a esta corriente, y también aparecen en obras como el “famoso” Relato de un peregrino ruso, un escrito anónimo del siglo XIX. En estos textos no es difícil encontrar en varias ocasiones semejanzas “conceptuales” con filosofías y religiones de Oriente, tales como el Budismo Mahayana.

Aquí tenemos un texto atribuido aquí a Simeón el Nuevo Teólogo, uno de los santos de la Iglesia Ortodoxa, y se recoge una curiosa práctica de meditación propia del hesicasmo que recuerda a las técnicas utilizadas en el yoga. He aquí lo que se dice:

 “Entonces siéntate en una celda tranquila, aislado en un rincón y dedícate a hacer esto que te digo:

Cierra la puerta, eleva tu espíritu por encima de todo objeto vano o pasajero. Luego, apoya tu barba contra el pecho, dirige el ojo del cuerpo conjuntamente con todo tu espíritu, al centro de tu vientre, es decir al ombligo, comprime la aspiración de aire que pasa por la nariz de modo de no respirar con facilidad y escruta mentalmente el interior de tus entrañas en búsqueda del sitio del corazón, al que todas las potencias del alma gustan visitar.

Al principio, encontrarás tinieblas y una opacidad obstinada, mas si perseveras, si día y noche practicas este ejercicio, encontrarás, ¡oh, maravilla!, una felicidad sin límites.”

Los hesycastas respiraban honda, profunda, y divinamente para no morir  sin saber porque un buen día empezaron a respirar. Los llamaban los monjes sin sueño. Uno de sus conventos mas conocidos y numerosos, fue el de San Juan Bautista en Estanbul, donde vivieron más de 700. Y allí los monjes sin sueño durante más de mil años cantaron el Evangelio, tradujeron la Biblia, dibujaron iconos, y miniaturas y se dieron a los mantras cristianos hasta que Estanbul fue conquistado por los turcos, y entonces se aposentaron allí los sufis, que practicaron su tradicional zikr o mantram. Tambien se dedicaron a copiar libros sagrados, con bellas caligrafías iluminadas. A veces un mismo lugar sigue dando impresiones similares al ser humano por mucho que nos empeñemos en que somos diferentes y distintos. Es una pena que el hombre occidental haya olvidado su corazón, su cuerpo y su oriente. Los cristianos se fascinan con oriente y sus tecnicas de meditacion, etc. y no saben que hace muchos siglos ya el cristianismo encontró su camino de transformación, su koan zen, y los chakras. El Hesycasmo era esa técnica y nació en el secreto de los desiertos y desde allí los Padres del Desierto lo transmitieron a sus discípulos. Un monje que no se retira del mundo no es un monje y desde allí debe entregar su corazón. Dios dice donde está el tesoro allí está el corazón. El hesycasta recuerda que va a Dios no sólo con el alma sino también con el cuerpo. Dios es sabor, hay que saborearlo, es alimento hay que comerlo, es un sonido, el sonido del silencio para escucharlo. Es hacer las cosas con alegría y con profundidad. Es seguir el mandamiento de amarás a Dios con tu corazón y toda tu alma. La posición era importante sentado con las piernas cruzadas, espalda ligeramente encorvada, mirada centrada en el corazon o el centro del abdomen, el ombligo. La respiración es fundamental. La inspiracion es la vida, la expiración es la muerte, y la retención del aliento, es cuando escuchas tus latidos que es importantiisimo en estos ejercicios. Mientras repites Jesus, Hjo de David, apiadate de mi, o simplemente, Jesús. Es necesario poner atención, intención, voluntad y estado de conciencia. El llamado o zikr sufi, es un recordatorio del nombre de Dios, de Allah, tiene mucho en común con esta tecnica cristiana. La palabra se hace suspiro, soplo, ritmo de corazón y se llega al extaxis. el Hu, es el nombre divino que pronunciamos al respirar consciente o inconscientemente todos.

Acaba de ser publicado el tomo primero de una nueva versión en castellano, de la Filocalía, por la editorial Monte Casino, perteneciente a la Comunidad de Benedictinas de Zamora. El libro ha sido introducido y traducido por el padre cistericense Juan María de la Torre, de Oseira (Ourense). Arduo trabajo de gran conocimiento de la Patrística, del griego antiguo y de exégesis bíblica, junto con mucha paciencia y dedicación y cariño hacia la realidad monástica. El monje es un guerrero que ha de descender a las simas de su interioridad, ir hacia el vientre, el abdomen, el ombligo y allí rescatar el alma que está encadenada y juntos subir hasta el corazón donde se ha de producir la divinización. En el  Cantar de los Cantares, la Sulamita, exiliada, sube desde el desierto a la montaña, de lo más bajo del organismo a lo más alto por una palabra encantadora, que no es amable si no mágica y que está dentro del organismo. El Verbo se halla en la conciencia del corazón.

Filocalía significa amor a la belleza, y es que para los habitantes  del desierto de Egipto (s IV) – en un primer momento-, y para los monjes del monte Athos (Grecia) – diez siglos después (s XIV)-, la práctica del silencio de la mente y del corazón – para los primeros-, y  la oración de Jesús -para los segundos-, era fundamental para alcanzar lo más bello y lo más bueno: la unión con la Belleza divina e increada o el amor de Dios como fuente de todas las cosas bellas.

Nos encontramos en las mismas raíces del monacato cristiano, cuando ermitaños y anacoretas, poblaban los desiertos de Egipto, Siria, Palestina y la península del Sinaí. Aquí nació la gran desconocida tradición hesicasta, es decir, la oración basada en el silencio y acompañada de la respiración. Sí, parece que esto es más propio de la sabiduría Zen que del cristianismo, pero al principio no fue así, de hecho, el Zen se inicia en China cuando la gran era de los Padres del Desierto se aproximaba a su fin en Egipto.

¿A ver si adivinas a quién pertenecen estos textos, a los padres de la Filocalía o autores actuales?

Fijos en las palabras escuetas de la ora­ción y únicamente en ellas; no admiten nada más, ni del exterior ni del interior, para mantener así la mente absolutamente sin forma y límpida.

La sobriedad solo puede venir de dentro.

No te figures la divinidad en tu oración y no permitas a tu mente que reciba la impronta de cualquier forma, sino permanece inmaterial en presencia de lo inmaterial; y entonces comprenderás.

Desierto de Bahariya, Egipto.


DIOCESIS DE EGIPTO, EN EL SIGLO IV


El monacato cristiano

Surge en Egipto, entre los siglos III y IV, con san Pablo Ermitaño y san Antonio Abad (considerados los primeros monjes cristianos), dando lugar a las primeras comunidades de “solitarios” en la Tebaida (Padres del desierto), quienes renunciaban al mundo material con el fin de seguir una vida de ascetismo y contemplación, orientada hacia las realidades divinas. Los cristianos de Egipto asumieron el monaquismo con tanto entusiasmo que el emperador Valente tuvo que limitar el número de hombres que podría convertirse en monjes. En su origen el monacato era “eremítico”, después los monjes se fueron agrupando en comunidades, y fue san Pacomio quien redactó la primera regla para cenobitas, cuando los monjes comenzaron a reunirse en monasterios. El monasticismo fue exportado de Egipto al resto del mundo cristiano. A partir del siglo V se difundió en Occidente, uno de los aportes más ricos de la Edad Media.

Desierto de Wadi Rum, uno de los lugares favoritos de los hesicastas.

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